Una expedición, un desafío en la cordillera Ansilta
Este proyecto nació como una idea compartida entre dos amigos apasionados por la montaña, con el deseo de explorar nuevos territorios y asumir desafíos cada vez más exigentes. Tras largas charlas en el bar y tardes de escalada acompañadas de mates, finalmente nos decidimos a embarcarnos en una expedición que nos llevaría a recorrer vías poco frecuentadas y de mayor dificultad que las rutas normales.
Desde el inicio, coincidimos en que la Cordillera de Ansilta sería el escenario perfecto. Sus características la convierten en un lugar ideal tanto para quienes buscan iniciarse en expediciones de altura como para aquellos que desean perfeccionar técnicas avanzadas. Además, sus paisajes y quebradas, en gran parte aún vírgenes, ofrecían el entorno perfecto para nuestra aventura.
Al revisar las posibles rutas de ascenso, nos enfocamos en dos opciones: la pared sur del Pico 6 y la pared sur del Pico 4. Finalmente, nos inclinamos por la segunda alternativa, motivados por nuestro amigo Gabriel Fava, quien nos sugirió este desafío con su entusiasmo característico. Nos comentó sobre la apertura de una vía en 2006, denominada The Dark Line, que hasta ese momento contaba con apenas cinco ascensos documentados. La idea nos atrapó de inmediato.
La Expedición
Luego de un mes de planificación meticulosa, el 18 de diciembre partimos desde San Juan hacia Calingasta. Al llegar a Morrillos al mediodía, dejamos el vehículo y comenzamos a preparar nuestras mochilas, distribuyendo las cargas para los cinco días de expedición.
La primera noche acampamos en la quebrada del arroyo Fiero, a 3.300 msnm. Allí, al ver la imponente pared sur, sentimos una emoción indescriptible: estábamos cada vez más cerca de nuestro objetivo.
El segundo día desarmamos el campamento y avanzamos hasta una morrena, donde establecimos nuestro campamento base junto a la laguna del Pico 4. Este lugar, con su agua cristalina y su entorno agreste, sería nuestro refugio tras una intensa jornada de porteo y caminata. Al día siguiente, cargamos el equipo técnico y nos dirigimos a la base de la pared sur para una jornada de aclimatación. Nos encontramos con penitentes de gran tamaño, lo que dificultó el ascenso y nos anticipó que el tramo final sería aún más desafiante. Inspeccionamos la pared, evaluamos las posibles rutas y dejamos el equipo técnico preparado para el día siguiente.
El Ascenso
El cuarto día nos despertamos a la 1:45 am con condiciones climáticas inmejorables: sin viento y con un cielo despejado. Después de un desayuno energético, iniciamos la aproximación. A las 3 am, estábamos en la base de la pared, listos para enfrentar el desafío.
Los primeros tramos fueron complicados. Los penitentes requerían una atención extrema, y el tiempo se volvía un factor clave. Sortear la rimaya y evitar un ojo de hielo nos exigió máxima concentración y precisión. Nuestra estrategia era avanzar con rapidez pero con seguridad, haciendo paradas estratégicas para volar el dron, tomar registros fotográficos y, sobre todo, prever el tiempo necesario en caso de encordamientos o pasos técnicos más complejos.
Las condiciones de la pared mejoraron en los últimos 400 metros, lo que nos permitió aumentar el ritmo, aunque el desgaste físico por el esfuerzo previo ya se hacía notar. Optamos por una línea directa a la cumbre, evitando la rimaya y la pala final, que desde la distancia se veía en mal estado. Sin embargo, tuvimos que atravesar dos filos laterales con torres de roca donde encontramos vestigios de desprendimientos, lo que nos obligó a avanzar con extrema precaución.
Cerca de las 10 am, a solo 50 metros de la cumbre, el sol comenzó a modificar las condiciones de la nieve. A pesar de estar casi a 5.000 msnm, el manto no ofrecía la estabilidad esperada. Con determinación, enfrentamos el último tramo: una travesía lateral y una pala final con una inclinación de aproximadamente 70°. Finalmente, alcanzamos la cumbre.
Los tres miembros de la expedición celebramos este logro con la certeza de que cada ascenso es una combinación de esfuerzo, estrategia y compañerismo. Más allá del desafío físico, esta experiencia reafirmó nuestro espíritu de exploración y nuestro compromiso con la montaña. The Dark Line no solo nos puso a prueba, sino que también nos dejó una huella imborrable, recordándonos que la verdadera aventura comienza donde termina la comodidad.