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¿Qué sería de nuestras vidas sin desafíos que exijan lo mejor de nosotros?

Relato de la experiencia en Aconcagua 70+70, de Magui Nieto y Tano Isola

Sin creer en casualidades, mientras pulía la idea de alcanzar la cumbre del Cerro Aconcagua desde Plaza de Mulas y volver, para luego correr los 70k de Aconcagua Ultra Trail, me entero que Magui Nieto estaba proyectando algo muy parecido. Ella tenía intención de coronar el techo de América desde Horcones, es decir, desde la propia entrada del Parque Provincial, aunque no había considerado correr en la posterior competencia.

 ¿Y si unimos ambos proyectos? ¿Si subimos la vara a las máximas intenciones de ambos? Así nace el proyecto ACONCAGUA 70 + 70, en referencia al trayecto Horcones – Cumbre – Horcones, y por supuesto, la distancia Ultra de la carrera que se corre todos los febreros en la zona, que arranca en Penitentes y toca su altura máxima en Plaza Francia, desde donde puede apreciarse la imponente cara sur del coloso.

Sin demasiadas vueltas coordinamos fechas, viajamos a Mendoza (Magui desde Córdoba y yo desde Salta) y emprendimos la aventura. El plan tenía tintes ambiciosos, porque más allá de kilómetros y desnivel, teníamos claro que cargaríamos todo el material y equipo necesario en nuestras espaldas, sin utilización de mulas ni porteadores. Con 30 kg a cuestas, caminaríamos hasta Plaza de Mulas, donde haríamos base para el proceso de aclimatación, que incluyó la cumbre del Cerro Bonete (5050 m), porteo de material a Nido de Cóndores (5500 m) y una visita al Campamento Canadá (5000 m).

Como si hubiéramos planeado todo con años de anticipación, fue sorprendente descubrir que estábamos perfectamente sincronizados en el ritmo de marcha, criterios de alimentación e hidratación, tolerancia al esfuerzo en altura, momentos de descanso y sensaciones generales. Ambos sospechábamos que en cuanto a lo que dependía de nosotros, todo marchaba maravillosamente bien.

Pero claro, también éramos conscientes que hay un componente fundamental muy superior a nuestras intenciones y deseos: el clima. Y en lo que iba de febrero, no era nada alentador. Día a día consultábamos el pronóstico del tiempo y conversábamos con guías y conocedores de la montaña sobre las posibilidades que teníamos. Y eran muy bajas. Además, por nuestra idea de iniciar el trayecto en Horcones, debíamos anticiparnos unas quince horas a lo que podría ser nuestra oportunidad, para estar en zona de cumbre cuando las condiciones fueran adecuadas.

El proceso de aclimatación estaba listo y la ventana climática, aunque pequeña, definida. Desarmamos campamento, armamos mochilas y emprendimos la salida del Parque, recorriendo los 26 kms hasta Horcones, para descansar un día, e iniciar el desafío.

Los corazones explotaban, las sonrisas nerviosas aparecieron.

Llegó el momento.

Arenga final, rituales, abrazo.

Y empezamos.

Fluidez, confianza, buen ritmo. A la pregunta ¿cómo te sentís?, siempre contundente: muy bien. Los nervios van desapareciendo para dar lugar a concentración plena. Las piernas prendidas fuego, la respiración firme, la fuerza que fluye. Todo va perfecto.

Primera etapa cumplida en el tiempo previsto. Llegamos a Plaza de Mulas y fuimos recibidos por un majestuoso Cóndor, que ya nos había saludado en nuestra llegada anterior, y considerando que no es habitual verlos en esa zona por la presencia constante del helicóptero, lo tomamos como una señal, como un “permiso” que se nos estaba concediendo.

Descansamos un par de horas, comimos e hidratamos a conciencia. Cambiamos nuestra ropa acorde a lo que venía, aprontamos linternas para encarar la noche e iniciamos el abrupto ascenso bajo un cielo explotado de estrellas. Los tiempos calculados eran exactos, las fuerzas no abandonaban, los silencios obligados nos concentraban aún más. Pero la montaña nos tenía preparada una sorpresa.

Cuando encaramos la zona “Cambio de Pendiente”, el viento apareció sin demasiado aviso. Firme y constante, empezó a soplar e iba en aumento. Viento y más viento, con ráfagas que nos obligaban a parar. Y seguíamos.

Sabíamos que en Nido de Cóndores podríamos refugiarnos en el Campamento Grajales, y mientras esperábamos que calmaran las condiciones, comer el liofilizado que habíamos dejado justamente para reponer calorías. Cuando llegábamos, las condiciones empeoraban, al punto que la visibilidad en medio de la noche, más allá de nuestras linternas, nos confundió la orientación, dos veces.

Ya en el Domo, el alivio fue enorme, aunque ahora que estábamos quietos, el frío empezaba su trabajo. Rápidamente hicimos el cambio de botas y abrigo que habíamos previsto y que habíamos porteado días antes. Pero el frío aumentaba y el viento nos golpeaba la puerta con violencia. Asustaba.

Calentamos agua, comimos, tomamos café. Cuando venía una ráfaga intensa, nos mirábamos, preocupados. Pasaban los minutos. Dormitábamos, mitad por el cansancio, mitad a conciencia para reponer fuerzas. Nos despertaba el castañeo de los dientes, temblábamos, tomábamos más café. Faltaban 3 horas para el amanecer y algo teníamos muy en claro: no íbamos a salir de ahí hasta que amaneciera, el riesgo era enorme por las placas de hielo que pueden ser una pesadilla si las pisábamos confundidos entre la oscuridad y el viento. Y lo intuíamos. Sin hablarlo lo sabíamos. Era momento de cuidar nuestra seguridad, apenas sostenida por la capa de lona que nos cubría…y nada más.

Finalmente amaneció. Apenas una penumbra, pero con el viento cada vez más violento, entendimos que era la oportunidad de escapar de ahí. Necesitábamos descender unos 300 metros y con eso teníamos la chance que volver sanos a Plaza de Mulas; y fue exactamente lo que hicimos. Apenas salimos de la frágil sensación de seguridad que nos daba el Domo (esa tarde nos enteramos que otro similar voló por los aires, al igual que una carpa con sus dos ocupantes adentro), me sentí tentado a volver, pero luchamos para quedarnos de pie y dar un paso atrás del otro. Luego largas bajadas por acarreo, hasta que fuimos recibidos por los brazos y las lágrimas de Nancy, nuestro Ángel Guardián del campamento base.

Honestamente no hubo lugar para decepción, sabíamos que la decisión era la correcta. No teníamos la más mínima chance de avanzar sin poner en riesgo nuestras vidas, y días antes, nos habíamos prometido no dejarnos llevar por el Ego ni por la Ambición, dos enemigos muy poderosos de la Cordura. Comimos, hidratamos y dormimos 45 minutos. Todavía queríamos cumplir con el recorrido y salir del Parque tal cual lo habíamos proyectado y así lo hicimos.

Treinta horas después, con una página nueva por escribir, estábamos los dos parados en la largada de Aconcagua Ultra Trail, recibiendo el cariño de amigos, colegas y staff. Abrazo emocionado mientras se gritaba el conteo final y a volar. Sabíamos que nuestra carta a favor era estar aclimatados a la altura, pero no sabíamos cómo iban a responder nuestras piernas con los casi 150 kms que ya llevábamos caminados y corridos en las últimas dos semanas.

Plaza Francia es un lugar que nunca deja de emocionar. La pared sur del Aconcagua es temible y hermosa, extraña combinación. En términos de carrera es un punto de retorno por la misma senda, así que fácilmente pude identificar la posición que llevaba, sorprendiéndome con un motivador cuarto puesto, lugar que mantuve hasta cruzar el arco de meta. Pero la mayor alegría, fue ver venir de frente a Magui cuando yo abandonaba el Puesto de Asistencia…¡y venía en primera posición femenina!. Frenamos, nos dimos un abrazo fortalecedor sin importar el tiempo, porque contrariamente a lo supuesto, era tiempo ganado, no perdido.

 

Pero el proyecto tenía una fiesta de despedida para ambos, ya que faltando apenas 8 kms para finalizar la carrera, fuimos nuevamente castigados por el viento en el filo del último ascenso, a 3700 metros de altura y con ráfagas rondando los 100 km/hora. Ambos tuvimos que arrodillarnos ante la magnitud de la naturaleza, y no por elección, sino obligados, imposibilitados a avanzar, como si se nos exigiera reverencia. Y estuvo bien que así sea, para recordarnos con un baño de humildad lo diminutos que somos ante los Elementos, como si el Universo quisiera darnos una lección final.

Llegué a la meta, abatido, llorando sin poder derramar ni una sola lágrima, seco por dentro y por fuera. Necesité varios minutos para comprender lo que había hecho, mucho más allá de posiciones, agradeciendo a mi cuerpo y a mi mente haberme llevado hasta ese punto. Minutos después llegó Magui, ganando su carrera, sin poder correr los últimos metros porque la emoción la vencía, después de la terrible lucha que también tuvo que dar en las alturas y en los últimos quince días.

Contaría el abrazo que nos dimos en la meta. Contaría las cosas que nos dijimos. Contaría las lágrimas derramadas, pero sería insuficiente e injusto con ese momento. Lo dejo a la imaginación del lector, que con cualquier historia, seguramente queda corto.

¿Debería darle un cierre a este relato? Prefiero no hacerlo. Prefiero contagiar, motivar y dejar en el aire algunas cosas para que tomemos nuestras botas, la mochila y caminemos. Quién sabe a donde.

Quién sabe.

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Texto: Tano Isola

Fotos: Archivo personal Magui Nieto y Tano Isola

 

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