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La montaña que fui a buscar y la que finalmente encontré

Un relato sobre mi reciente viaje a los Himalayas en Pakistán

por Juan Pablo Toro


 Cuando salí de Buenos Aires rumbo a Pakistán, mi objetivo principal era el K2, sin dudas. Broad Peak formaba parte del proyecto, pero como una gran opción para realizar el proceso de aclimatación antes de trasladar definitivamente el foco al K2; básicamente porque es un ochomil un poco más “amigable”. Existía, por supuesto, la posibilidad de intentar también su cumbre (si las condiciones, los tiempos y mi estado físico lo permitían), pero no era el objetivo alrededor de la cual había construido el viaje. La montaña, una vez más, terminó modificando todos los planes y escribiendo su propia historia.

Era mi tercer viaje a Pakistán y mi regreso después de la expedición al Nanga Parbat. Volver al Karakórum me generaba una sensación extraña y familiar al mismo tiempo. Conocía el país, su gente, su cultura y buena parte de la lógica de una expedición de montaña pakistaní. Además, sentía que regresaba siendo otro alpinista. El intento fallido al Nanga en 2022 y la cumbre de 2023 me habían dejado algo que considero mucho más importante que cualquier certeza: experiencia.

 

Después de Islamabad, Skardu, un día de 4x4 y siete días de trekking por el glaciar Baltoro, llegamos finalmente al Campo Base del K2. Allí apareció la primera sorpresa: mientras en K2 todavía ni siquiera habían comenzado las coordinaciones para instalar las cuerdas fijas, el equipo de escaladores de Karakorum Expeditions ya había trabajado en Broad Peak hasta aproximadamente los 7.000 metros (Campo 3). Se preparaban para intentar algo muy especial: abrir una línea directa hacia la cumbre principal, más corta y más técnica que la ruta normal. Me propusieron ser el primer alpinista en intentar la nueva ruta. De pronto, Broad Peak dejó de ser solamente una montaña de aclimatación.


 

Una oportunidad inesperada

Para poder sumarme a ese proyecto necesitaba aclimatar rápido, pero sin cometer el error de apurar mi cuerpo. Hicimos una primera rotación: dos noches en Campo 2 (6.200 metros), un push hasta los 6.700 metros aproximadamente y regresamos al Campo Base. La oportunidad estaba ahí y no podía perderla.

El equipo que iba a abrir la nueva ruta estaba formado por algunos de los mejores escaladores pakistaníes, personas con una experiencia extraordinaria en estas montañas. Mirza Ali, fundador de Karakorum Expeditions y amigo desde mis anteriores viajes a Pakistán, también formaba parte del proyecto. Además, Broad Peak me había encantado. Así fue como mi plan cambió y este ochomil se transformó en el proyecto principal, al menos momentáneamente.


Mi idea era simple: subir hasta Campo 3, cerca de los 7.000 metros. Si me sentía fuerte, intentaría continuar hacia la cumbre. Si no, habría completado una segunda rotación perfecta para seguir aclimatando, tanto para Broad Peak como para K2. Saqué absolutamente K2 de mi cabeza por un tiempo y puse todo el foco en este nuevo plan.

Una de las cosas que aprendí después de tantos años de montaña es que un plan sirve mientras la realidad no te demuestre que existe uno mejor. Adaptarse es estar dispuesto a modificar una estrategia cuando cambia la información disponible.

 

Hacia los 8.000 metros

El intento comenzó con condiciones excepcionales de nieve y meteorología. Avanzábamos detrás del equipo encargado de abrir la nueva línea, instalando anclajes y cuerdas fijas sobre terreno de nieve, hielo, roca y sectores mixtos. Eso hacía que el progreso fuera necesariamente lento: desde Campo 3 hasta la cumbre fueron aproximadamente dieciséis horas.

Recuerdo el cansancio, naturalmente, pero también la concentración absoluta. A esas alturas la vida se vuelve increíblemente sencilla. Respirar. Dar algunos pasos y parar para recuperar el aliento. Comer algo. Tomar agua. Mirar el clima. Sentir el cuerpo. Seguir… Es una de las razones por las que vuelvo a las montañas. En pocos lugares consigo estar tan presente en el aquí y ahora. Todo lo demás desaparece por completo.

A las 10 de la noche del 19 de julio llegué a la cumbre principal de Broad Peak, a 8.047 metros, sin oxígeno suplementario. Fueron alrededor de veinticuatro horas de actividad intensa y prácticamente continua. Estar allí fue extraordinario, y también lo fue la manera de llegar.

 

 

Había tenido el privilegio de acompañar a un equipo pakistaní excepcional mientras abría “Mirza Ali Legacy” una nueva línea hacia la cumbre, y de convertirme en el primer escalador internacional en recorrerla hasta arriba. Finalmente, terminé siendo el único extranjero en lograr la cumbre de Broad Peak en 2026. Más allá de cualquier estadística, para mí significó formar parte —aunque fuera como invitado— de algo profundamente ligado a la historia y a la capacidad de los montañistas de ese país.

Fue, sin embargo, una cumbre particular. Llegamos muy tarde, después de muchas horas a gran altura, y la hipoxia me tenía algo más confundido de lo habitual. Incluso faltó esa clásica foto de cumbre: la hicimos, pero estaba oscuro, nevaba y prácticamente no se veía nada. Tampoco sentí la emoción que había experimentado en otras cumbres. Estaba exhausto y sabía que todavía faltaba lo más importante: bajar. Y hacerlo de noche.

Una de las primeras cosas que uno aprende en alta montaña es que la cumbre es apenas la mitad del camino… Y en el descenso ocurren la mayoría de los accidentes.

 

K2

Cuando regresé al Campo Base estaba realmente exhausto. Durante el descenso pensé seriamente que no quería volver a escalar una montaña en mi vida. La convicción duró menos de un día.

Siguió una racha de mal tiempo y nieve. Paradójicamente, a mí me vinieron bien: necesitaba recuperar el cuerpo. Mi aclimatación era excelente después de haber pasado tres noches alrededor de los 7.000 metros y haber estado por encima de los 8.000 sin oxígeno.

 

El K2 volvía a aparecer. Estaba exactamente en la situación que había planificado y no tenía ninguna duda de que, estando allí y en esas condiciones, debía intentar. Pero la situación en K2 era muy distinta: las cuerdas fijas apenas superaban Campo 2, alrededor de los 6.700 metros, y nadie había podido aclimatar por encima de esa altura. Además, después de varios días de tormenta, había mucha nieve nueva acumulada en la montaña. Eran unos 30 alpinistas en diferentes grupos y empresas esperando por un “summit push” en el K2.

El calendario avanzaba y empezaba a aparecer algo que conozco bien y que considero uno de los grandes peligros de cualquier expedición: la ansiedad. Cuando uno lleva semanas —o meses— preparando un objetivo, habiendo hecho muchísimo esfuerzo para estar allí, y sabe que la temporada se termina, esperar puede convertirse en una de las decisiones y experiencias más difíciles. Y cuanto más tiempo, esfuerzo y expectativas uno invierte en llegar hasta allí, más difícil resulta conservar la objetividad.

Lo prudente era darle más tiempo a la nieve nueva para consolidarse, pero existía también el temor de perder una ventana meteorológica que podía ser muy corta. Finalmente, los distintos grupos comenzaron sus intentos, tanto en K2 como en Broad Peak. Nosotros también.

El 28 de julio salí hacia Campo 1 del K2 junto a otros dos miembros de la expedición (Amy Mir de Noruega y Gul de Pakistán) y cuatro guías de Karakorum Expeditions. Al mismo tiempo, dos compañeros nuestros partían hacia Broad Peak: Mallory Geis (USA) y su guía personal y amigo, Sohail Sakhi (Pakistán). No sabíamos entonces que ambos intentos de cumbre estaban a punto de terminar dramáticamente.

 

“Sad news from Broad Peak”

La mañana del 30 de julio yo estaba escalando entre Campo 1 y Campo 2 del K2. A pocos kilómetros de allí, en Broad Peak, una enorme avalancha alcanzó a varios grupos de escaladores que estaban progresando entre Campo 2 y Campo 3, a 6.600 metros aproximadamente. Nosotros no supimos nada durante todo ese día. A la mañana siguiente, alrededor de las cinco, Arshad se acercó a nuestra carpa. Todavía recuerdo su mirada y sus primeras palabras: “Sad news from Broad Peak…”

La avalancha había matado a diez personas; entre ellas estaban Mallory y Sohail. Me quebré. La información era todavía confusa. Le pregunté si había sobrevivientes; su respuesta fue breve: “Murieron todos”. Me quedé dentro de la bolsa de dormir, tratando de procesarlo. No podía dejar de pensar en lo que habrían vivido Mallory y Sohail en esos últimos segundos. Todo parecía haber sido fulminante.

Para mí no eran nombres en una noticia ni montañistas de otra expedición. Habíamos compartido semanas en el Campo Base, comidas, conversaciones, planes, experiencias, y esa convivencia tan particular que se genera entre personas que están lejos de casa persiguiendo objetivos parecidos.

Luego apareció otro pensamiento todavía más difícil de procesar. La avalancha había  ocurrido exactamente en un lugar por el que yo había pasado cuatro veces apenas unos días antes. Ese dato me produjo un sentimiento escalofriante que todavía hoy me cuesta explicar. Cuando Martin, un norteamericano con quien nos habíamos hecho amigos durante la expedición, se acercó a mi carpa, nos abrazamos y volví a llorar.

Montañas serias, problemas serios. El riesgo en estas expediciones siempre existe. Uno lo sabe, intenta entenderlo, evaluarlo y reducirlo. Pero hay momentos en los que deja de ser una probabilidad abstracta y, de repente, tiene un lugar, una hora, nombres y caras conocidas.

Todas las expediciones decidieron cancelar sus actividades. Todos bajamos a Campo Base.

 

Lo que queda

Regresé de Pakistán con mi segundo ochomil: la cumbre de Broad Peak realizada sin oxígeno suplementario y por una nueva ruta. También con una primera experiencia en el K2 que quizás algún día me anime a continuar. Pero sería imposible reducir esta expedición a esos resultados. Volví también con una tristeza enorme por lo ocurrido y con muchas preguntas que no logro responder.

Después de tantos años de montaña sigo creyendo que una de sus mayores enseñanzas es la humildad. Podemos entrenar, estudiar rutas, diseñar estrategias, analizar meteorología, gestionar riesgos y prepararnos durante años (todo eso importa muchísimo), pero nunca controlamos todo.

La montaña obliga a adaptarse. Enseña a convivir con el fracaso, a desarrollar resiliencia y, paradójicamente, también a mantener el optimismo. Un optimismo que no consiste en pensar que todo va a salir bien siempre, sino en buscar el lado positivo de las situaciones y apostar por los escenarios favorables, sin dejar de prepararse para lo adverso.

Cada expedición me transforma de alguna manera, nunca vuelvo siendo el mismo. Esta probablemente necesite más tiempo.

Estoy agradecido por haber tenido la oportunidad de estar allí, por haber regresado sano a casa y por todas las personas que hicieron posible el proyecto: mi familia (que convive desde hace años con mis ausencias y con una incertidumbre que seguramente es mucho más difícil de llevar desde casa), mis amigos, mi equipo en la empresa, y las marcas que confiaron en el proyecto. Entre ellas estuvo Ansilta, que me acompañó desde mucho antes de subir al avión.

Durante los casi dos meses de expedición, desde el trekking por el Baltoro hasta las noches a 7.000 metros y las interminables jornadas de ascenso, la indumentaria dejó de ser simplemente “equipo”. En esas condiciones, cada capa y cada prenda cumplen una función concreta y pasan a formar parte de esa pequeña estructura que uno construye para poder desenvolverse con seguridad en un ambiente extraordinariamente hostil. Y en esta expedición tuve oportunidad de probarlas realmente.

Usé prácticamente todas las prendas que llevé y de manera intensiva. La campera de pluma liviana, por ejemplo, resultó ser clave, tanto en el Campo Base como en la montaña. Y en algunos días de buen clima, incluso escalaba directamente con el buzo de primera capa. Pero sin dudas, la campera  Antártida tuvo un lugar especial; la reservé para el día de cumbre y terminó siendo fundamental. Mientras todos los integrantes de aquel summit push utilizaban monos de pluma, yo elegí una combinación diferente: pantalón Aconcagua de Gore-Tex como última capa abajo y la Antártida arriba. Durante las últimas horas hacia la cumbre, y ya por encima de los 8.000 metros, estimo que estuvimos cerca de los -20 °C. Aun con esas condiciones,  no sentí que necesitara más abrigo. Y eso, en una jornada de casi 24 horas de actividad, terminó siendo tan importante como la protección térmica: estaba cómodo, podía moverme bien y tenía una combinación de capas funcional para las distintas condiciones que fuimos atravesando.

Quizás por eso me gusta tanto poder contar esta historia acá. Porque detrás de estas fotos hay muchísimo más que montaña. Hay años de preparación, personas, decisiones, errores, miedos, aprendizajes, alegrías, pérdidas y un equipo de primer nivel. Y hay algo que siento cada vez con mayor claridad después de regresar de una expedición: vuelvo valorando más mi vida, mi familia, mis amigos, mi trabajo y las cosas simples de todos los días.

Tal vez, después de todo, esa sea una de las razones más profundas por las que sigo volviendo a las montañas.